Duelos desesperados.

La Covid-19 ha producido desajustes nunca antes experimentados en los ámbitos psicológico y social de las personas. Por mucho que intentemos empatizar, sólo aquellos que  han vivido la pérdida de un ser amado, del que no han podido despedirse, saben de la crueldad de esta «tragedia humana» provocada por este virus.

La prioridad se ha situado en salvar vidas, y la práctica totalidad de los recursos se han dirigido a este fin. Sin embargo, hemos fracasado en la atención emocional del paciente y de su familia. No hemos conseguido  dar cobertura a un derecho tan humano como el derecho a un «final digno»; la mayor parte de las personas han fallecido alejados de la gente que les quiere, y no se ha atendido la necesidad de quedar en paz con tus familiares y de llorar junto a ellos.

Se han echado en falta medidas de humanización, sobre todo en un primer momento. Debido a la alta contagiosidad del virus, se ha producido un total aislamiento de los pacientes, y ese aislamiento se ha mantenido en la mayoría de los casos hasta el final.

El miedo a lo desconocido y la falta de recursos ha obligado a priorizar por encima de todo la salud de la colectividad en detrimento del acompañamiento emocional al final de la vida.

Esta situación la han sufrido especialmente los residentes de centros residenciales que han tenido suspendidas las visitas sine die. En general, los centros han implementado medidas hiper-estrictas para evitar la entrada virulenta que se produjo en la primera ola.

El virus pilló por sorpresa y no se ha podido planificar nada, simplemente defenderse como gato panza arriba de los ataques recibidos, con el buen hacer personal de «primera línea» (médicos, enfermeras, TCAES) como único recurso, pero con el instrumental necesario muy escaso. Quizá la «Ciencia Médica» debería haberse dejado aconsejar por otras Ciencias Sociales (Filosofía, Ética..) buscando soluciones a problemas humanos.

Según se nos ha relatado a través de los Medios, las personas entraban con síntomas en un hospital, y el reencuentro, o se producía a su recuperación, o no se producía nunca. En algunos casos, los familiares incluso desconocían el hospital donde habían derivado a su familiar. Los sanitarios han intentado paliar este déficit, acompañando en todo momento a las personas, con la cercanía del «cuidado», pero el sufrimiento de estas personas, que se han visto separados del aliento de los suyos, es sencillamente indescriptible.

En cuanto a los familiares, el proceso de duelo se torna en patológico en demasiados casos, puesto que a la pérdida de un familiar querido se une la incomprensión de lo sucedido y la impotencia de no haber podido darle un último adiós.

Las unidades de trabajo social de los hospitales y de los centros de salud deben de haberse saturado de llamadas de familias llenas de desesperación. Estos profesionales algún día nos contarán todo el sufrimiento que presenciaron, y la impotencia de no disponer del tiempo y los medios para conseguir desenlaces más «humanos» para los enfermos. Sólo algunos «hospitales valientes», aún a riesgo de incumplir los protocolos establecidos, han permitido las despedidas, facilitando EPIS a los familiares y bajo estrictas condiciones de seguridad. Al menos en estos casos se cumplió con las personas. Esperemos que la experiencia nos ayude en futuras ocasiones, y la actuación se realice en observancia de la triple dimensión de la Salud: BIO PSICOSOCIAL

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Publicado por David Calvo

Profesional de los Servicios Sociales. Explorando metodologías innovadoras, centradas en las personas. @SiempreEnBeta

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